Hoy en mi blog escribo desde mi lado más personal porque esta
semana me he arrepentido de haber esperado hasta ahora para reconocer
públicamente su importancia en Paseando por Santa Cruz, justo la misma semana
en la que tiene que abandonar la isla. Ella es la primera persona que me ayudó
a darme a conocer en esta ciudad cuando solo conocía a mi familia y mis cuatro
amigos de toda la vida, tras siete años viviendo en Madrid. Lo mejor de todo,
es que lo hizo sin yo pedírselo; recuerdo que cuando tenía solo unos pocos de
seguidores empezamos a hablar porque gestionaba desinteresadamente las redes
sociales de una pequeña panadería de su barrio, Duggi.

Desde ese momento ella empezó a mostrar su admiración por lo que hacía y no
dudó en recomendarme a los dueños de las tiendas donde solía comprar en una
época en la que solo tenía 23 años y no tenía las tablas y la experiencia suficiente para
mostrar mi trabajo. De estas pequeñas tiendas del centro surgieron mis primeros
clientes y algunos muy buenos porque aún conservo a muchos de ellos pero aún tengo la sensación
de no saber cómo agradecerle todo esto a una persona que siempre se ha mostrado
dispuesta a colaborar conmigo cada vez que tenemos la oportunidad de hablar y compartir
nuestras preocupaciones.
Y es ahora cuando me toca decirles que es gallega –de acentito entrañable- y vive,
compra, disfruta y se implica con la que ha sido su casa durante siete años y donde
han nacido sus dos pequeños. Lo digo porque siempre la tengo como ejemplo cuando
detecto algún tipo de rechazo o idea errónea sobre las personas de fuera; como
ella bien dice, es chicharrera de corazón y le creo porque la he visto actuar y
se volcó conmigo desde el minuto cero por el simple hecho de querer a esta
ciudad y ver en mí una figura para ayudar a personas de su entorno.
Gracias Tamara