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Cada vez son más las zonas de aparcamiento del centro y los barrios de Santa Cruz, que han sido ocupadas por los coloquialmente denominados “gorrillas”, individuos, ataviados en su mayoría con chalecos reflectantes, que se ganan la vida con las limosnas que dejan los conductores a la hora de abandonar la plaza de estacionamiento. Es cierto que algunos son queridos por su nobleza y

permanencia durante años en un mismo lugar; otros, sin embargo, generan repulsa entre vecinos, que a veces dudan de si sueltan algunas monedillas por el servicio de vigilancia o para asegurarse que no haya un acto de venganza contra su coche. Si bien no conozco ningún caso que refrende la leyenda urbana en el que hayan rayado un coche o pinchado una rueda, si he sido testigo de calurosas discusiones y ver a la policía multar, a la par que la grúa se lleva el coche, en esas zonas que ellos mismos te dicen “déjelo aquí, no hay problema”. Sin embargo, reitero que habrá de todo en este mundillo, más si hay gente que deposita una fe ciega en ellos dejándole las llaves para que estacionen su vehículo, imagen muy común en el parking del Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria, donde muchos de estos aparcacoches ilegales tienen un puñado de llaves como si del sereno se tratase. Lo que es evidente, es que se trata de un negocio oscuro, yo siempre digo que cada uno puede hacer lo que quiera con su dinero pero no me gustaría pensar que la gente abre su monedero por sentirse coaccionada.
Escrito por CARLOS MIRABAL