Hoy he leído, en la edición
digital del Diario de Avisos, la noticia de que la Policía Nacional ha detenido
a una pareja de lituanos que se dedicaba a colar, en diferentes establecimientos
de la isla, billetes de 100 euros falsos.

Paradójicamente, en estos últimos días, dos personas me habían hablado de la
presencia de estos individuos en la capital y su “modus operandi”. En ambos casos,
fue la mujer la encargada de llevar a cabo la estafa. La dueña de una tienda
de moda infantil fue la primera en darme a conocer a lo que se dedicaban estas personas. Ella misma recibió la visita de esta malhechora en su negocio. Al
parecer, la mujer entró en la tienda, cogió dos pares de calcetines y se
dirigió a caja para efectuar la compra con un billete de 100 euros. La propietaria,
extrañada al ver que pagaba con un billete verde algo de tan poco
valor, utilizó el detector de billetes falsos y confirmó que sus sospechas eran
ciertas. La estafadora abandonó el local inmediatamente.
Al día siguiente, una vecina de Santa Cruz me contó un nuevo caso que tenía a la misma mujer como protagonista. Me explicó que ella se encontraba en una tienda haciendo sus
compras; cuando de repente, apareció la dependienta de una tienda de productos de belleza
pidiendo un detector de billetes para comprobar si el que llevaba de 100 euros en la mano era verdadero. Esta chica, conocedora de lo sucedido en la tienda de moda infantil, alertó a la dependienta y
fueron en búsqueda de la máquina, luego comprobarían que era falso.
No es la primera vez, que se llevan a cabo fechorías de forma reiterada. Recuerdo que hace uno cuantos meses, presencié un
robo en una perfumería de la calle Castillo. Todo transcurría normal en aquella tienda hasta que escuché -¡Está robando!-. Todos los allí presentes
nos quedamos perplejos al ver como un cliente retenía a una mujer extranjera de
buena apariencia, quien llevaba en un bolso de marca, forrado en su interior con
papel aluminio, más de siete perfumes caros. Fue su propia avaricia la que provocó
que fuese vista, ya que de irse con un menos, probablemente hubiera
cumplido su objetivo.
A todos nos pilló por sorpresa, menos a las empleadas de la perfumería, ya que tanto ella como los comerciantes de la zona estaban hartos de que les robasen de esa forma. Con
todo esto, quiero invitar a los empresarios a que extremen sus medidas de
seguridad. Es una inversión necesaria para evitar robos y fraudes y ,en el mejor de los casos, aunque la pérdida material sea mínima; tan solo por evitar el mal trago que supone estas experiencias merece la pena destinar una parte del presupuesto.

Escrito por: CARLOS MIRABAL